Crisis de Vivienda en CDMX 2025: La Gentrificación y Airbnb Desafían la Asequibilidad Urbana
Desde las vibrantes calles de Viena hasta los históricos barrios de Lisboa y Barcelona, una narrativa urbana se repite con una frecuencia alarmante a finales de 2025: la tensión entre el floreciente turismo y la creciente escasez de vivienda para sus residentes. Este fenómeno, aunque no es nuevo, ha alcanzado una intensidad y unas ramificaciones socioeconómicas críticas. La Ciudad de México, un crisol cultural y económico de América Latina, no es ajena a esta dinámica. Con una década de experiencia analizando las complejidades del mercado inmobiliario y las transformaciones urbanas, puedo afirmar que la capital mexicana se encuentra en la encrucijada de una crisis de vivienda que amenaza su tejido social, exacerbada por la proliferación de alquileres vacacionales y un imparable proceso de gentrificación. La pregunta ya no es si plataformas como Airbnb contribuyen al problema, sino cómo nuestras metrópolis pueden navegar esta tormenta sin desplazar a quienes las hacen vibrar, y cómo podemos construir un futuro con vivienda digna para todos.

El concepto de gentrificación, derivado del inglés “gentry”, que alude a la clase alta o “bien nacida”, describe un proceso de transformación urbana donde barrios tradicionalmente obreros o de clase media baja experimentan una renovación y embellecimiento. Lo que a primera vista parece una mejora, a menudo esconde un lado oscuro: un aumento exponencial en el costo de vida, particularmente en los precios de alquiler y de las propiedades. Esta revitalización atrae a residentes con mayor poder adquisitivo, a menudo extranjeros o nacionales de altos ingresos, impulsando una escalada de precios que los habitantes originales no pueden afrontar. Los negocios locales, la esencia y la identidad del barrio, son reemplazados por boutiques de lujo, galerías de arte y restaurantes gourmet, elevando el costo de los bienes y servicios. Los residentes de toda la vida, con sus ingresos estancados o con crecimiento marginal, se ven forzados a desplazarse hacia las periferias, despojando al corazón de la ciudad de su diversidad y su memoria.
Este escenario no es una distopía futurista; es la realidad palpable en el Marais de París, donde librerías y lavanderías han sido sustituidas por galerías de arte y tiendas de diseñador, con precios de vivienda que superan los 13,000 euros por metro cuadrado. O en los barrios céntricos de Atenas, donde las protestas del pasado verano de 2025, por un aumento del 15% en los alquileres en solo un año, reflejan la desesperación de una población que lucha por mantener su hogar. El profesor Dimitris Petas, líder del comité organizador de la protesta, señalaba ya en ese momento la falta de una política pública de construcción de viviendas y una regulación que limite los precios como causas fundamentales. La ausencia de políticas de vivienda pública robustas y una regulación deficiente del mercado inmobiliario en muchas de estas urbes han creado un caldo de cultivo perfecto para esta dislocación social. La inversión inmobiliaria orientada puramente al lucro y no a la necesidad social es un motor crucial en este proceso, a menudo potenciada por programas como las “Visas Doradas” que, aunque ausentes en México, ilustran cómo la inversión extranjera puede intensificar la presión sobre los mercados de vivienda locales.
En este panorama complejo, las plataformas de alquileres de corta estancia, con Airbnb a la cabeza, actúan como un potente catalizador. Lo que en sus inicios se presentó como una solución innovadora para compartir espacios y obtener ingresos extra, ha evolucionado hasta convertirse en una industria global multimillonaria que transforma drásticamente el uso del suelo urbano. Para muchos propietarios, la rentabilidad del alquiler de una propiedad a turistas por días o semanas supera con creces lo que podrían obtener con un contrato de arrendamiento a largo plazo. Esta disparidad económica, donde una semana de alquiler turístico puede equivaler a un mes de renta residencial, incentiva a los propietarios a retirar sus propiedades del mercado de alquiler residencial tradicional, reduciendo drásticamente la oferta disponible para los habitantes locales. El resultado es una presión alcista insostenible sobre los precios de los pocos inmuebles que quedan disponibles, creando un círculo vicioso de inasequibilidad.

Ciudades como Viena y Ámsterdam han respondido con regulación de vivienda turística más estricta, limitando el número de días al año en que se puede alquilar una propiedad a turistas o exigiendo permisos especiales y licencias. Nueva York, Lisboa y Barcelona también han implementado medidas drásticas. Estas iniciativas, si bien controvertidas y a menudo enfrentadas a un fuerte lobby del sector turístico y tecnológico, buscan proteger la capacidad de sus ciudadanos para encontrar una vivienda asequible y mantener la habitabilidad de sus barrios. Sin una intervención similar y oportuna, el desequilibrio entre el alojamiento turístico y la vivienda para residentes se agrava, transformando barrios enteros en hoteles difusos, despojados de su comunidad y su carácter auténtico.
La Ciudad de México, con su riqueza histórica, su vibrante escena cultural y su gastronomía inigualable, siempre ha sido un imán para visitantes y nuevos residentes. Sin embargo, en los últimos años, este atractivo se ha intensificado de manera exponencial, convirtiéndola en uno de los principales destinos turísticos de América Latina, con más de 42 millones de visitantes internacionales el año pasado, según cifras recientes. Pero más allá del turismo tradicional, la capital ha emergido como un epicentro global para los nómadas digitales, particularmente de Estados Unidos y Canadá.
Estos profesionales, con salarios en dólares o euros, encuentran en la CDMX una calidad de vida y un costo de vida significativamente más bajos que en sus países de origen, haciendo que cada dólar rinda considerablemente más. Aunque su presencia inyecta capital y estimula ciertos sectores económicos, el impacto económico de los nómadas digitales en el mercado local de bienes y servicios, y crucialmente, en la vivienda digna, es innegable. La demanda de alojamientos de alta calidad y la disposición a pagar precios que superan con creces lo que un ciudadano mexicano promedio puede costear, empuja los alquileres a estratosféricos niveles. La brecha salarial entre el dólar y el peso crea una burbuja de precios que excluye a la mayoría.
Según los datos más recientes recopilados a mediados de 2025, el mercado de alquiler residencial en la Ciudad de México ha visto un aumento promedio anual de al menos un 8% en los últimos doce meses. Pero este promedio es engañoso; en algunas colonias céntricas y de moda, la cifra se dispara, llegando a duplicarse en comparación con el mismo período del año anterior, como señaló Juan, un residente de Alameda, cerca del Barrio Chino. Un departamento de 60 metros cuadrados, que podría ser el sueño de una familia mexicana, se cotiza en promedio en 3.5 millones de pesos (unos 180,000 dólares estadounidenses). Con un salario promedio nacional cercano a los 480 dólares mensuales, la meta de la compra de vivienda se vuelve una quimera para la vasta mayoría de la población. Incluso el acceso a un crédito hipotecario, con las tasas de interés actuales, es un privilegio inalcanzable para la mayoría.
Alicia, una estudiante de tercer año de arquitectura, ilustra esta realidad a la perfección. Su viaje diario de más de dos horas desde el este de la ciudad hasta la universidad no es una elección, sino una necesidad impuesta por la inasequibilidad de vivir cerca de su centro de estudios. La gentrificación, como ella observa con agudeza, no se limita al centro; se irradia, afectando zonas periféricas donde los “pequeños mercados que casi ningún turista frecuentaba” ahora tienen “vendedores que hablan inglés”. Este es el sutil, pero poderoso, cambio cultural y económico que acompaña al desplazamiento: una pérdida de la esencia local en favor de una homogeneización orientada al consumo turístico. Los residentes de toda la vida sienten que los están dejando de lado, marginados en su propia ciudad.

La frustración ha cristalizado en protestas masivas desde mediados de julio de 2025, con lemas como “¡Fuera gringos!” o “México es para los mexicanos!”. Aunque superficialmente puedan sonar a xenofobia, como Tony, un residente mexicano que se vio forzado a mudarse de la capital a un estado vecino, bien explica, la raíz del descontento es profundamente económica y social. No es una cuestión de nacionalidad per se, sino del impacto socioeconómico desproporcionado de una comunidad extranjera con mayor poder adquisitivo que, sin intención, contribuye a un “vaciamiento cultural y social de los barrios”. La presencia de estos nuevos habitantes, que a menudo no buscan una integración profunda sino una maximización de su poder adquisitivo (“vivir como reyes con su salario en dólares”), genera un sentimiento de desplazamiento y alienación en los residentes de toda la vida. Es un conflicto de clases disimulado como conflicto cultural.
Y el horizonte de 2026, con México como coanfitrión de la Copa Mundial de la FIFA junto a Estados Unidos y Canadá, presenta un escenario aún más sombrío. Si las tendencias actuales continúan, es casi una certeza que los precios de alquiler en la capital y otras ciudades sede alcanzarán niveles astronómicos, si no escandalosos. Esta mega-evento, que debería ser una celebración y una oportunidad para el país, corre el riesgo de convertirse en un catalizador de una crisis habitacional sin precedentes, expulsando a miles de residentes de sus hogares en aras de la rentabilidad para alquileres de corta estancia para turistas y aficionados con alto poder adquisitivo. La especulación inmobiliaria ya se está gestando, anticipando la enorme demanda.
La situación actual de la Ciudad de México es un reflejo de una inacción prolongada y una falta de previsión en materia de desarrollo urbano sostenible. A finales de 2025, aún carecemos de una normativa clara para regular el mercado de alquiler de vivienda que equilibre los intereses de propietarios, inquilinos y el sector turístico de manera justa y equitativa. Mientras los arrendadores y las plataformas de alquiler a corto plazo continúan lucrándose de la coyuntura, la crisis de vivienda en CDMX se profundiza, afectando la calidad de vida y el futuro de millones. Es imperativo aprender de las experiencias internacionales y considerar un abanico de estrategias urbanas contra la gentrificación y la especulación que prioricen a los habitantes.

Las soluciones a este complejo entramado no son sencillas ni unilaterales, pero son urgentes y deben ser multifacéticas, abordando tanto la oferta como la demanda, y regulando el uso del suelo urbano:
Regulación Integral de Alquileres a Corto Plazo: Es fundamental implementar límites anuales para los días de alquiler turístico, establecer licencias obligatorias que incluyan requisitos de seguridad y habitabilidad, exigir registros detallados de cada propiedad y aplicar impuestos específicos. Estos impuestos podrían ser significativos y su recaudación debería reinvertirse directamente en vivienda asequible y políticas de vivienda social. El objetivo no es eliminar el turismo o las plataformas, sino gestionarlos de manera sostenible para evitar el desequilibrio del mercado de alquiler residencial.
Políticas de Vivienda Social y Asequible Robustas: Urge una política pública de construcción de viviendas destinadas a la población local, con mecanismos de subsidio transparentes y precios controlados que garanticen la asequibilidad. La Ciudad de México necesita invertir masivamente en alternativas de vivienda asequible, incluyendo cooperativas de vivienda, alquiler social y modelos de vivienda compartida, que garanticen el derecho a la ciudad para todos sus habitantes. Esto podría incluir la reutilización de edificios subutilizados o abandonados en zonas céntricas.
Incentivos para Alquileres a Largo Plazo: Crear esquemas fiscales atractivos o de apoyo financiero para propietarios que opten por contratos de arrendamiento de larga duración para residentes, desincentivando la conversión masiva a alquileres turísticos. Esto podría incluir exenciones de impuestos prediales o beneficios fiscales por mantener propiedades en el mercado residencial.
Zonificación y Uso de Suelo Estratégicos: Revisar y actualizar las leyes de uso de suelo para proteger barrios residenciales, limitando la concentración de alquileres turísticos en zonas críticas o designándolas como exclusivas para vivienda permanente. Esto implica una planificación urbana proactiva que anticipe y gestione las presiones de desarrollo.
Fiscalización y Transparencia Reforzadas: Fortalecer la capacidad de las autoridades para fiscalizar el cumplimiento de las normativas y exigir transparencia a las plataformas digitales sobre la cantidad, ubicación y ocupación de sus listados. La colaboración entre plataformas y gobierno, aunque a menudo difícil, es crucial para obtener datos precisos y hacer cumplir la ley.
Fortalecimiento de los Derechos de Inquilinos: Fortalecer los derechos de los inquilinos, establecer límites razonables a los aumentos de renta anuales y proporcionar asistencia legal para evitar desalojos injustos y el acoso inmobiliario. La estabilidad en la vivienda es un pilar fundamental de la calidad de vida.
Diálogo y Participación Ciudadana Significativos: Fomentar espacios genuinos de diálogo entre comunidades, autoridades, desarrolladores, sector turístico y plataformas para construir soluciones consensuadas que prioricen el bienestar de los residentes. La sostenibilidad de nuestro desarrollo urbano futuro depende intrínsecamente de la participación activa de quienes habitan la ciudad.
Control de la Especulación Inmobiliaria: Implementar impuestos sobre la vivienda vacía o sobre propiedades que cambian de manos rápidamente con fines puramente especulativos, para desincentivar la acumulación de bienes raíces sin fines de uso habitacional.
La Ciudad de México se encuentra en una encrucijada crítica. El esplendor de su atractivo global y el dinamismo económico que traen el turismo y los nómadas digitales no deben cimentarse sobre el desplazamiento y la precariedad de sus propios ciudadanos. La crisis de vivienda no es solo un problema económico; es una cuestión de justicia social, de identidad cultural y de cohesión comunitaria que define el carácter de nuestra metrópoli. Si no se toman medidas audaces y coordinadas en este 2025, el riesgo de convertir la capital en una ciudad museo, vacía de su alma y su gente, es inminente. El futuro de la CDMX, y de otras metrópolis latinoamericanas que enfrentan desafíos similares, exige una visión de urbanismo sostenible que ponga a sus habitantes en el centro de cada decisión.
Invitación: La conversación sobre la vivienda en nuestra ciudad no puede esperar. ¿Qué acciones cree que son más urgentes para proteger el derecho a una vivienda digna en la Ciudad de México? Comparta su perspectiva y únase al debate constructivo que moldeará el futuro de nuestra capital. Su voz es fundamental en la construcción de soluciones para un mercado inmobiliario más justo y equitativo para todos. Participe, informe, actúe.


